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Antes de escribir una sola línea más de este artículo sobre el impacto medioambiental del desarrollo económico en China, se ha de dejar bien claro que China no está haciendo ahora sino lo que los países occidentales, así como otros de parecido desarrollo, llevan haciendo desde hace décadas y que, como éstos, su crecimiento económico se está produciendo sin consideración alguna con la naturaleza y buscando los resultados inmediatos. Las diferencias que hacen más preocupante el que China se haya convertido en un masivo consumidor de recursos y emisor de contaminantes es que está habitado por unos 1.300 millones de habitantes, una quinta parte de la humanidad, por lo que un movimiento en un sentido u otro, aunque sea porcentualmente reducido, supone un impacto a nivel planetario, impacto que llega cuando los recursos naturales y el medio ambiente de nuestro planeta están seriamente -sino irremediablemente- tocados por siglos de desarrollo humano, especialmente occidental. Por muy serio que este informe pretenda ser, nada resume mejor su sentido y los hechos que están aconteciendo en China, como este castizo dicho: "éramos pocos y parió la abuela". Para empezar vamos a ver qué están haciendo China (los chinos, su desarrollo económico, como prefiramos), con el medio ambiente, un resumen de las noticias, muchas veces espeluznantes, que nos llegan a diario y al que se le irán sumando malas nuevas una vez publicado este artículo. De las 20 ciudades con más polución del mundo, 16 se encuentran en China (1). Sobre todas destaca Lanzhou (2), en el norte, una ciudad donde el sol no alumbra en ningún momento del día ningún día del año debido a que la contaminación impide el paso de la luz solar. Desde luego no es un caso aislado pues entre 1954 y el 2001 la radiación solar que recibe el país ha disminuído en 3,7 vatios por metro cuadrado debido a la polución (3), hecho que, además de provocar o favorecer infinidad de enfermedades, contribuye a la desertización. El 27% de las 341 mayores urbes chinas, con 116 millones de habitantes, soportan niveles de aire contaminado "muy peligrosos" (2) mientras que 300 millones de personas no disponen de agua potable (2) y 600 millones consumen agua de poca calidad (4). Esto es así porque el 70% de ríos y lagos están desecándose o contaminados (5). Otro problema que asola la vida urbana en China, fruto directo del creciente consumismo, es la producción y acumulación de basuras. De las 688 principales ciudades chinas, 400 están desbordadas de basuras, tanto domésticas como industriales, que se acumulan en un 70% en vertederos al aire libre o son incineradas en un 20%. Sólo el 10% de las basuras se recicla, lo que llevó a acumular en el 2005 1.340 millones de toneladas de basura (6). De resultas de unas y otras contaminaciones se calcula que entre 300.000 y 400.000 personas mueren al año en China (7). El que China sea el mayor emisor mundial de dióxido de azufre (SO2) (8) provoca que la lluvia ácida afecte a casi 300 ciudades y al 30% del territorio (5). Esto, unido a la tala indiscriminada de árboles y a la erosión del suelo, lleva a que el 28% del territorio chino esté desertizado (9). Caso aparte es el del Mar de Bohai, al que los expertos dan diez años para convertirse en un mar muerto: con agua pero sin vida. Este increíble panorama es la consecuencia de sólo veinte años de desaforado desarrollo económico, desarrollo que vamos a ver en qué se ha basado y cómo se ha producido. El país de las bicicletas se está pasando rápidamente a los automóviles, aún pequeños pero poco preparados para un eficiente consumo. Hoy por hoy el número de coches por habitante es relativamente ridículo (7/1000) si se le compara, por ejemplo, con el de España (457/1.000) (10), pero hemos de insistir que estamos hablando de China y que donde antes apenas había automóviles, según ese porcentaje, hoy se mueven y consumen combustible más de 90.000. Pero lo realmente espectacular es su producción automovilística. Desde que Volkswagen abriera el camino de la fabricación conjunta en los años 80 y General Motors le siguiera en 1997, se ha creado una industria que va a empezar a fabricar sus propios modelos, pretendiendo vender 200.000 unidades por año, 45.000 en el exterior, por lo que las discretas cifras de automóviles por habitante se multiplicarán rápidamente (10). Así y todo, su crecimiento industrial y comercial queda más claramente reflejado en cifras como éstas: China compra el 40% del cemento mundial, el 25% del aluminio y el 32% del hierro (10). Aunque es el primer comprador mundial de acero, en el 2003 produjo 220,1 millones de toneladas, un 21,2% más que en el 2002 (16). China es el segundo consumidor mundial de petróleo, pero aún así no tiene suficiente. El pasado otoño se ha llevado a cabo una cumbre entre China y la mayoría de los países africanos en el que, a cambio de ayudas e inversiones, el país asiático ha cerrado importantes contratos para asegurarse más suministro de petróleo (además de, por ejemplo, aluminio) (20). Chatarra, carbón, petróleo, todo lo engulle la imparable industria china, de ahí que su consumo energético se haya multiplicado por tres desde 1980, consumiendo el 10% de la energía del mundo (11). Su crecimiento económico, así, es sorprendente: su PIB creció el 10,2% en el 2005, subiendo hasta el 10,9% en tasa interanual el primer semestre del 2006 y 11,3% en el segundo trimestre de este año. La inversión en activos fijos creció el 29,8% en el primer semestre del 2006 y el 31,3% en el segundo (más del 40% si nos fijamos sólo en el sector del automóvil y el textil). En los mismos períodos sus exportaciones crecieron en 26.5% y el 24%... (12) Parejo a ese crecimiento económico está el crecimiento del nivel de vida y del consumo interno. Todo ello demanda más y más energía, ¿cómo la obtiene China? Dos tercios de la electricidad se produce en centrales térmicas alimentadas con carbón (13). La energía hidráulica también está en continuo crecimiento con la descomunal presa de las Tres Gargantas (que a partir del 2009 debería producir el 11% de la energía que se consuma en China) y la construcción de 14 saltos hidráulicos en el Mekong y una central hidroeléctrica en el Tíbet (5). Además la energía nuclear, responsable hasta ahora del 2,3% de la producción energética, se verá reforzada con la construcción de al menos 30 (quizá hasta 50) nuevas centrales nucleares (14). Con unas cosas y otras no es de extrañar que China, país que no ha suscrito el Protocolo de Kyoto, sea, como ya hemos dicho, el primer emisor mundial de dióxido de azufre (mucho peor que el dióxido de carbono), con más de 25 millones de toneladas emitidas en el 2005 (5), que sus emisiones contaminantes en 50 años se hayan multiplicado por nueve (5), o que esté muy cercano el día en que desbanque a Estados Unidos como mayor emisor mundial de CO2 (ahora es el segundo). Pero es que esto no ha hecho más que empezar. Todo este crecimiento económico, todo este desastre ecológico, ha servido para sacar de la pobreza a 300 millones de chinos mientras muchos cientos de millones de chinos siguen sumidos en ella y, lógicamente, la intención de las autoridades chinas será acabar con la pobreza en China y, después, quieran o no, por propia inercia y mientras haya energía para ello, seguir aumentando el nivel de vida de todos. Y como bien sabemos en España, se tarda muy poco en pasar de ser pobre y conformarse con poco a derrochar y no conformarse con nada. De hecho un habitante urbano chino consume 3,5 veces lo que uno rural; la desertización y la esperanza de una vida mejor puede llevar en los próximos 15 años a que no menos de 300 millones de chinos se desplazen a las ciudades (9). Y, también lógicamente, cuanto más poder adquisitivo exista entre los ciudadanos chinos y más oferta produzca su creciente industria, aquí también sabemos cómo se acaba por comprar casi todo lo que nos ofrecen, más frigoríficos, aparatos de aire acondicionado y automóviles serán adquiridos y más y más energía será consumida, en una progresión geométrica contaminante. Si la propia inercia del desarrollo económico no bastase para asegurarnos que los hechos que se están desarrollando en China lo van a seguir haciéndo multiplicándose por sí mismos, hay otras dos garantías de que va a continuar. Por un lado está la decisión de las autoridades chinas de que así sea. La reciente historia de China nos demuestra, con ejemplos tan trágicos como El Gran Salto o tan inquietantes como la superpresa de las Tres Gargantas, que cuando una decisión es tomada en China se mantiene caiga quien caiga y cueste lo que cueste. Ante el proyecto de disparar la producción nuclear china y el irresoluble problema de los residuos radiactivos, las autoridades se limitaron a decir que China es un país muy grande y ya encontraremos donde guardarlos (17). Ante el creciente avance de los desiertos, el combate se ha iniciado plantando más de un millón de árboles transgénicos, siendo China el único país del mundo que los ha plantado de forma masiva (17). El pasado mes de abril el cielo de la propia capital se vió cubierto por las arenas del desierto del Gobi. Para solucionarlo las autoridades no dudaron en bombardear las nubes con yoduro de plata para provocar la lluvia. Esta práctica es habitual en China y es la posible responsable de las fuertes granizadas que durante el verano del 2005 sufrió Pekín (15). En su día los pájaros fueron acusados de esquilmar las cosechas y producir el hambre, se dió la orden de exterminarlos y todo buen chino se dedicó a matar pájaros (15), lo que, efectivamente, produjo el aumento de todo tipo de plagas de insectos. Nada detiene al gobierno chino en sus decisiones. Ni los graves riesgos de la presa de las Tres Gargantas, ni que casi el 4% de los embalses construídos desde 1950 hayan reventado detienen su construcción. También la reciente historia china nos demuestra que cualquier oposición interna a las decisiones del gobierno es destruída y la verdad se oculta absolutamente cuando no resulta conveniente. Pero si el propio gobierno chino dudara en continuar en su proceso de desarrollo insostenible, el resto del mundo está dispuesto a ayudarle a lo contrario. Pese a que China aparece como una amenaza económica para las grandes potencias, con sus métodos de producción y de comercialización, es un filón para empresas multinacionales de todo tipo. Ya hemos hablado de Wolkswagen o General Motors abriendo el mercado automovilístico en China. Muchas otras se sumarán a la hora de producir coches y cualquier otro bien de consumo que los chinos necesiten, nuestro sentido del resultado inmediato y particular hará que nadie en el exterior se plantee los riesgos de un desarrollo desmedido para el medio ambiente del planeta y cadenas de supermercados, fábricas de alimentación, etc. están ocupando China en una desbocada carrera para llegar antes que nadie. Sin importar nada más, ni la propia situación del país, con nulo respeto por los derechos humanos que China practica, ni la seguridad mundial siquiera, como le ocurre a Australia, principal suministrador de uranio a las centrales chinas, aunque siempre con la intención de que reduzcan sus emisiones de CO2 y con la absoluta seguridad de su empleo pacífico (Irán y Corea del Norte alimentan sus planes nucleares con tecnología china). Un dato resume todo lo dicho en este último apartado: China es el primer destino mundial de la inversión privada. Y si otros países no van a China ella, como en la reciente cumbre con países africanos de la que antes hablábamos, los busca, tanto para invertir (una fábrica de cemento en Cabo Verde o una autopista en Nigeria) como para comprar (el petróleo que importa de Africa supone el 6% del comercio mundial de crudo) (20). Así, encontrar una solución a semejante impacto medioambiental, como hemos visto en continuo crecimiento, es muy difícil. ¿Hay que exigirle a China que mantenga a sus ciudadanos sumidos en la pobreza, negarles una vida siquiera parecida a la que nosotros disfrutamos desde hace tiempo? Si China consumiera de la manera en que se hace en los países de la OCDE, el consumo mundial de energía aumentaría un 40% (19). ¿Exigir que ese desarrollo se haga con criterios sostenibles? ¿Son compatibles ambos conceptos? Sin duda las autoridades chinas se están esforzando por buscar esa sostenibilidad en su crecimiento económico, en que éste no contamine tierras, aire y agua, entre otras cosas porque esa contaminación supone un coste a la nación que reduce el efecto de su crecimiento. Este interés parece innegable pero siempre y cuando no frene su desarrollo. Vivimos de una manera que daña peligrosísimamente la continuidad de la vida en el planeta, pero somos una minoría los que así vivimos y sólo ahora, cuando una quinta parte de la humanidad aspira a lo mismo (sin hablar de la India, que no le va a la zaga a China en sus intenciones) parecemos darnos cuenta de que actos tan cotidianos como usar papel higiénico, tener la casa caliente todo el día o recorrer grandes distancias en poco tiempo son un privilegio que si se extiende a parte del resto del mundo, éste no podrá soportarlo por mucho tiempo. La solución viene de un acuerdo global que reparta esos privilegios y los costes de mantenerlos, en el que todos nos sacrifiquemos un poco y abandonemos nuestros intereses particulares mirando un poco más allá de pasado mañana, por lo que acabamos este informe llenos de desesperanza.
Fuentes: 1. Banco Mundial 2. World Resources Institue 3. Laboratorio Nacional del Pacífico 4. elmundo.es, 19-4-1999 5. consumer.es, 5-9-2006 6. consumer.es, 18-8-2006 7. elmundo.es, 19-4-1999 y consumer.es, 5-9-2006 8. Geophysical Reserach Letters 9. La Vanguardia, 31-8-2006 10. motor.terra.es 11.americaeconomia.com, 26-9-2006 12. realinstitutoelcano.org 13.Cinco Días, 15-9-2006 14. elmundo.es 15. quetequieroverde.com 16. IIS1 17. global.info, 17-9-2004 18. elpais.com, 3-4-2006 19.periodistadigital.com, 25-5-2006 20. lavanguardia.es, 5-11-2006
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