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Aurelio Sanz era un modesto agricultor que vivía en un extenso valle. Las precipitaciones en el valle eran escasas y el acuífero sobre el que se desarrollaba su vida y la de su familia estaba al borde del agotamiento tras décadas de regadíos que lo pensaban inagotable.

Así la vida tanto de Aurelio Sanz como de los demás habitantes de su pueblo y del valle, dedicados todos a la agricultura, no era fácil. Cada año era una apuesta que se saldaba con mucho trabajo y la suerte que deparara la abundancia o escasez de lluvias.

No obstante, con entrega y mesura, todos iban viviendo, sin lujos pero sin pasar necesidades.

Por el valle, junto al pueblo de Aurelio Sanz, corría un río, proveniente de las montañas, que jamás nadie vio seco, y en el que Aurelio Sanz nadaba con sus amigos cuando era pequeño.

Todos veían correr el agua, que enriquecía sus orillas y de las que, aunque no estuviera permitido, se acababa por sacar para riego. Lo decían cada vez más: allí no sobraba el agua y veían cómo seguía su curso para acabar en el mar.

"A perderse en el mar, a malgastarse", decía Aurelio Sanz y muchos otros.

Dos malos años de sequía hicieron nacer entre todos la idea de que aquella agua no podía marcharse, que una presa era necesaria para retenerla y usarla; para aprovecharla.

Aurelio Sanz, discreto, casi tímido, se vio liderando a sus paisanos, primero, y después, junto a otros, a todo el valle, exigiendo al gobierno la construcción inmediata de una presa tan grande que ni una gota del agua del río se perdiera en el mar.

Huelgas, manifestaciones, recogidas de firmas, cortes de carreteras, visitas a la capital, todo se usó para pedir que allí se quedara lo que de allí era revertiendo en el progreso del valle y sus habitantes.

Aurelio Sanz lo veía cada vez más cerca.

Un mediodía, mientras comía a la sombra de su tractor, con la radio puesta, lo oyó. El gobierno, en su reunión de los viernes, había acordado construir la presa tan largamente solicita por el clamor popular. Sus efectos se reflejarían en un rápido crecimiento de los regadíos y en un desarrollo insospechado en todo el valle.

Aurelio Sanz dejó la comida y corrió al pueblo para dar la noticia a todo el que encontrara. Habían triunfado, cuatro años de lucha obtenían el mejor resultado posible y a partir de entonces nadarían en el agua que mejoraría sus vidas.

Cuando llegó al pueblo se encontró la plaza llena de hombres como él, que a esas horas deberían estar trabajando la tierra pero que, estaba claro, habían conocido la noticia y habían corrido a celebrarlo.

Las caras que encontró tenían poco de celebración, desde luego, y peor fue cuando, sonriente, comenzó a pedir que cambiaran, que reflejaran la alegría de aquel día.

"Tu eres tonto, ¿verdad?", le dijo uno, enrojecido por la furia. "O sordo", apuntó otro, "porque te enteras de las cosas a medias".

Porque sí, habría presa, tan grande como habían deseado, para que ni una gota de agua de aquel río se fuera de allí. Y toda ese agua, cada una de sus gotas, estarían allí mismo, cubriendo su pueblo, sus casas, sus tierras, porque era el sitio geológicamente perfecto para construir la presa y lejos de allí, lo menos a veinte kilómetros, les harían a ellos otro pueblo, otras casas, otra vida. Les pagarían sus tierras y, al que quisiera, le darían trabajo en la construcción del nuevo pueblo, allí en un cerro, desde el que verían, día a día, crecer el pantano y florecer aquel seco valle.