Un verano, un hombre alquiló una casita en el campo, a las afueras de un pueblecito, para pasar las vacaciones del mes de agosto con su familia. Llegaba harto de los tumultos de las playas y deseoso de olvidar su agobiante trabajo y el ruido de su ciudad.

Allí todo resultaba perfecto: aire puro, tranquilidad, soledad sin aislamiento, pues desde un montículo se veían las casas del cercano pueblo, y el contacto con la naturaleza que tanto echaba de menos encerrado en su apartamento de la ciudad. Muchas mañanas, paseando por los alrededores, veía corretear las liebres y, mirando al cielo, veía el libre vuelo de los pájaros.

Pero lo que más le gustaba era sentarse por la noche frente a la casa, mientras oía, como de fondo, el correteo de sus dos hijos y el trajín de su mujer preparando la cena: corría el aire que refrescaba los agobios del día y, así, la serenidad de la noche llenaba su corazón.

Claro que... él sabía que era difícil encontrar algo perfecto, en sus cuarenta y tres años de vida aún no lo había encontrado, y aquel lugar no parecía que fuera a ser la excepción: dos murciélagos, una pareja, pensó, comenzaron a entorpecer su tranquilidad nocturna volando cerca de la casa, pasando, más de una vez, cerca de su cabeza y provocando, en definitiva, su nerviosismo hasta que desaparecían.

Algunas noches casi ni se les veía, pero otras aparecían, persistentes, en los momentos en que más sereno estaba su corazón. ¿Y sus hijos? Al chaval le hacían gracia, pero la niña se ponía a llorar si volaban bajo, y no había manera de callarla. Finalmente fue su mujer la que puso la guinda a aquel desagradable asunto: los murciélagos se alimentaban de mosquitos y de sangre... ¿y si esa sangre estaba infectada y les mordían? A saber lo que podrían pegarles.

En fin, que entre unas cosas y otras aquel hombre dejó de disfrutar las veladas frente a la casa y pasó a temerlas, a esperarlas nervioso, ¿aparecerían los dichosos murciélagos, se irían pronto?

Cuando se quiso dar cuenta se acababa agosto. Pese a todo había disfrutado tanto en aquel lugar que decidió reservarlo, antes de marcharse, para el año siguiente. Había encontrado mucha paz entre aquellos campos como para volver a la playa o a extenuantes viajes. Allí, en definitiva, había llegado a entrever la perfección que cada día buscaba en su trabajo, en todo lo que hacía.

Pero, estaba claro, había algo que impedía esa perfección: la pareja de murciélagos que, sin duda, estarían allí el próximo verano y, siendo pareja, lo mismo criaban y les hacían la vida imposible.

Antes de marchar, por lo tanto, quiso dejar bien zanjada la cuestión: no iba él por la vida dejando las cosas a medias. En el pueblo consiguió que le prestaran una escopeta mostrando su permiso de armas y su seguro de caza, con los que retornaba a la naturaleza muchos domingos de invierno, cuando abrían la veda, y la última noche de sus vacaciones dio buena cuenta de aquellos dos bichos negros mientras vislumbraba lo que serían las vacaciones del año siguiente.  

Y éstas, las vacaciones, llegaron. El hombre no recordaba haber esperado con tanta ansiedad muchas cosas como aquellas vacaciones: un mes entero, inacabable, de tranquilidad, de sosiego... Siempre y cuando no aparecieran otros murciélagos, sustituyendo a los del año anterior, para fastidiarlo todo.

Aguardó realmente nervioso, casi como un chiquillo, la llegada de la primera noche... y no aparecieron. Y la segunda tampoco, ni la tercera... no había murciélagos.

Se sentaba frente a la casa y, salvo algunos mosquitos, el año había sido bastante seco en aquella zona, nada lo molestaba.

La cuarta noche algo lo sobresaltó: ¿habían vuelto los murciélagos? Porque su hija estaba llorando como cuando ellos aparecían. Pero no eran los murciélagos: ya por la mañana se había devantado con algún que otro picotazo de mosquito y su madre le había tenido que regañar para que dejara de rascarse. Llegada la noche su cara y sus brazos estaban llenos de ronchas y nada calmaba el picor de la niña.

Sí, es que había muchos mosquitos, y toda clases de bichos volando. A él lo molestaban menos, porque se sentaba en la oscuridad, pero cuando se encendía la luz en la casa, acudían en tropel, las cenas se acababan pronto, pues uno no podía atender al plato y al enjambre que sobrevolaba sus cabezas... y sus platos.

En fin, en estos tiempos todo tenía arreglo: en la farmacia habría con qué calmar el picor de la niña y en la droguería aerosoles para liquidar a aquella repugnante tropa.

Los picores de la niña cesaron con una pomada... pero un bote entero disparado a quemarropa contra los insectos no logró más que reducirlos de manera insignificante y   llenar el suelo, la mesa y hasta la cena de cadáveres.

Y a la mañana siguiente era su mujer la que presentaba varias picaduras de muy mal aspecto: aquello no era de mosquito, si no de algo más grande y se inflamaban por momentos. Para colmo resultó que el pueblecito en cuestión no tenía médico propio ni tan siquiera diario.

La noche siguiente cayeron tres botes completos de insecticida, uno de ellos vaciado en un instante en el dormitorio de su hijo, con todo bien cerrado, que no se escapara nada y reventaran allí encerrados todos esos malditos. Cuando su hijo pasó a dormir, una hora después, tuvo que salir despavorido, tosiendo sin parar y, al final, tuvo que dormir en el salón, sin pegar ojo por los mosquitos.

El amanecer no pudo ser peor: las picaduras de su mujer asustaban por su inflamación, su hijo tenía un aspecto lamentable y no quería comer... y la niña los despertó a todos llorando sin parar, con todo el cuerpo enrojecido.

Aquel día sí hubo médico: no pudo saber qué bicho había picado a su mujer, pero sí que aquello, tras dos o tres días de fiebre, se arreglaría solo. A la niña le dictaminó una reacción alérgica a la pomada que le había untado sin mesura contra las picaduras. Lo del niño se curaba con sueño y aire puro, y nada de respirar tabaco ni cosas raras.

Aquella noche la pasaron sin insecticidas, sitiados por los insectos, con la niña llorando y su mujer ardiendo de fiebre. Por la mañana todo estaba claro: había que largarse de aquel maldito sitio, en su ciudad encontrarían un médico competente que los curara sin tener que sufrir fiebre ni días de espera y, guarecidos con el aire acondicionado y las ventanas cerradas, pasarían el resto de las vacaciones, con alguna escapada ocasional a la playa, para tomar el sol.

 

 

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