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GALLINAS PONEDORAS

La selección a la que se ha sometido a las gallinas ha creado dos tipos de animales perfectamente especializados: la gallina ponedora y el pollo para carne. Por eso, lo primero que se hace en una granja de puesta intensiva es separar a las hembras de los machos. Estos terminan su existencia nada más nacer, arrojados vivos a máquinas con cuchillas o a cubos con gas.

A los pocos días de su nacimiento las gallinas sufren la mutilación de su pico para que en la vida de hacinamiento y estrés que les espera no hieran o, incluso, devoren a sus compañeras. Aparte de las molestias que la pérdida de tan fundamental parte de su cuerpo les supone, su comportamiento natural se ve alterado.

Tras haber vivido unas dieciocho semanas sobre paja, las gallinas pasan a las jaulas en batería: jaulas de 45x50, que compartirán con cuatro gallinas más, apiladas hasta cinco alturas y en hileras interminables. Allí, donde al menos pasarán un año de vida, el resto de su vida, estarán casi siempre de pie y, todo lo más, acurrucadas sobre un suelo enrejado sin poder ni andar ni extender las alas.

No verán la luz del sol, aunque tampoco conocerán la oscuridad reparadora, pues la iluminación artificial contínua las estimula a poner más huevos.

De resultas de esta cautividad perderán las plumas, les crecerán las uñas y se les deformarán las patas hasta atrofiárseles. Tampoco podrán asearse como siempre lo han hecho, dándose baños de arena, ni buscar la comida picoteando o escarbando en la tierra. Tan aburrida existencia provocará ansiedad en ellas y una agresividad que, como antes decíamos, las puede llevar a matarse unas a otras.

El objetivo de todo este sistema es que los híbridos de gallinas que conocemos pongan de 270 a 300 huevos al año, muchísimos más que los 20 que sus antepasadas de raza ponían. Para ponerlos no podrán disfrutar de la intimidad  que de forma natural necesitan en un nido construido por ellas; tratarán de esconderse bajo las otras gallinas y, tras la puesta, la cloaca roja y húmeda, hinchada, atraerá la atención de las demás, que podrán encontrar picoteándolo un entretenimiento que puede resultar mortal.

El hacinamiento, con la consiguiente falta de higiene, favorece la extensión de enfermedades renales, hepáticas y la enfermedad de Marek -un tipo de cáncer-.

Normalmente, tras un año de esta vida, la gallina ya está agotada y sólo le resta el matadero.

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