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Las investigaciones de empresas automovilísticas e instituticiones de ahorro enérgetico están consiguiendo notables avances teóricos y prácticos a la hora de fabricar automóviles que utilicen combustibles menos contaminantes y no completamente dependientes del petróleo. Esto nos está llevando a creer que si hubiera un combustible inagotable y limpio, podríamos tener todos los automóviles que deseáramos sin atacar el medio ambiente...

Sorprendentemente este planteamiento sólo tiene en cuenta una parte del automóvil, cuando éste es muchas cosas más: un coche es combustible, metales, lubricantes, ruedas, asientos... Un automóvil afecta también a su entorno: las carreteras que recorre, el alquitrán que pisa, la superficie que utiliza... los atascos que produce.

Aún así, y aunque quede mucho por avanzar, no existe una alternativa total al petróleo vista la manera en que entendemos los coches y el transporte en automóvil. En las próximas líneas, vamos a tratar de aclarar estos dos conceptos: las alternativas   existentes al uso del petróleo como combustible para los autómóviles y el automóvil como peligro medioambiental más allá de la energía que necesita.

Básicamente las fuentes alternativas al petróleo como combustible para automóviles hoy en día son éstas: el gas natural, los biocombustibles, las energías solar, nuclear y eléctrica, el hidrógeno y los automóviles híbridos.

Empecemos por los híbridos. La marca más adelantada en este modelo es Toyota y su ventaja consiste, principalmente, en que posee dos motores, uno de gasolina o gasóleo y otro eléctrico. El eléctrico complementa al de gasolina y lo sustituye en situaciones de punto muerto -como en la espera de un semáforo-, con lo que se reduce consumo y contaminación. Su inconveniente está en que sólo es efectivo en recorridos urbanos, pues en carretera hasta un vehículo diésel se considera más eficiente por su menor consumo.

El hidrógeno se presenta como la panacea de todas las energías; su aplicación a los automóviles ha producido ya vehículos, algunos de mucho más de 200CV, que funcionan con pilas de hidrógeno. No emiten humos ni otros gases contaminantes... pero por el mundo circulan millones y millones de automóviles; para que todos funcionaran con hidrógeno, la situación ideal, habría que crear una industria de producción de hidrógeno que no existe y habría que recurrir a combustibles de origen fósil: carbón, gas, etc. y estaríamos en las mismas mientras no se consiga otra manera de producir masivamente hidrógeno.

Los coches eléctricos, quizá la más antigua alternativa conocida a los vehículos actuales, tienen el mismo incoveniente que la producción de electricidad para los hogares o las fábricas: ¿qué usamos? Mientras no estén desarrolladas las energías renovables a un nivel tal que puedan alimentar semejante flota sólo podrán funcionar algunos vehículos eléctricos en algunas ciudades, en algunos recorridos. Porque otro incoveniente de las actuales baterías eléctricas es que no pueden alimentar un automóvil a las velocidades que conocemos ni en las distancias que recorremos.

El gas natural como combustible de automóviles es sólo viable en las aplicaciones que ya se le dan hoy: recorridos cortos, recorridos urbanos y principalmente para autobuses . Además no hay que olvidar que, aunque en menor medida que el petróleo, el gas natural también contribuye al calentamiento global.

La energía solar, siempre hablando del  presente, sólo es aplicable a vehículos especialmente diseñados para su uso: monoplazas, ultraligeros y de formas muy particulares. Nada que ver con lo que usamos y con lo que nos gusta.

Punto y aparte debería ser el plantearse el uso de la energía nuclear también para los automóviles...  Simplemente tendríamos rodando aquí y allá -siempre bajo "insuperables" medidas de seguridad-, millones de pequeños reactores nucleares.

La opción que más se está desarrollando en los últimos años como alternativa al petróleo como combustible para los automóviles son los biocombustibles, obtenidos a partir de cereales, caña de azúcar y desechos orgánicos. Se produce así etanol, que complementa a la gasolina, y biodiésel, que se mezcla con el gasóleo, existiendo algunos vehículos en los que la mezcla sólo lleva un 15% de gasolina. No emiten CO2 pero su combustión en un motor presenta dudas sobre su limpieza para el medio ambiente, corroen el motor y, por su menor eficacia, se necesita más combustible para el mismo resultado. Otro problema es la energía que necesitaría la obtención de las materias primas a utilizar pues, desde luego, la agricultura de hoy en día está fundamentada en el consumo de petróleo. Por último, la ingente producción de maíz o trigo para biocombustible puede provocar -como ya ocurre en México- profundas alteraciones en los mercados agrícolas (la producción alimentaria choca con la de biocombustibles) y acarrear -como en otros casos de monocultivo masivo- deforestaciones ingentes, una de las causas del calentamiento global. 

Por último la organización ecologista Greenpeace presentó en 1999 una alternativa al automóvil actual pero utilizando gasolina: el Smile, un coche basado en el Renault Twingo, de peso reducido que consumía 2,5 litros de gasolina a los 100 kms./h. Por su poco peso se le acusó de inseguro y, por unos u otros motivos, no hemos vuelto a oír hablar de él.

Visto todo lo anterior y aunque tuviéramos ese combustible limpio e inagotable,   pudiéramos disponer de automóviles sin límite y usarlos continuamente seguiríamos atentando contra el medio ambiente, además de hacerlo contra nuestras propias vidas.

El automóvil es un consumidor de materias primas por su composición: metales en su estructura, plásticos en su interior, gomas en sus ruedas. Es también un contaminador, al margen de su combustible: utiliza aceites y grasas que, en inapreciables gotas o en grandes derrames, manchan calles y carreteras y acaban, antes o después, en ríos y acuíferos, utiliza baterías que a su vez utilizan peligrosos ácidos. Además es un inagotable demandante de recursos para circular: el alquitrán y demás compuestos sobre los que rueda, el suelo que utilizan sus carreteras, autovías y autopistas, todo esto elimina la naturaleza que atraviesa, ocupa y altera ... Y en España conocemos muy bien que cuantas más carreteras para "desatascar" el tráfico, más coches circulando y más recorridos realizados. Por no hablar de la fuente de residuos que supone un coche: cementerios de automóviles, basureros de ruedas, baterías abandonadas...

No vamos a citar aquí, aunque condicione nuestra calidad de vida y nuestra salud, el problema por todos conocido que supone el uso del coche en su versión diaria -atascos, pérdidas de tiempo y de nervios- y la versión casi cotidiana de accidentes -con pérdidas económicas, heridos y muertos-; problemas que sólo se reducen reduciendo el número y el uso de automóviles.

La solución sería la misma que cuando se analizan otros problemas medioambientales y humanos como el consumo de energía en general o de agua: pasa por reducir y racionalizar su uso antes que cualquier otra alternativa. Creemos que ha quedado claro que ni a día de hoy -cuando los problemas de abastecimiento, contaminación y calentamiento global no pueden esperar ni un minuto- ni en las próximas décadas existe una alternativa eficiente a la gasolina o el gasóleo, sólo soluciones menores que deben ser potenciadas, desde luego, aunque sin aumentar el problema en otros aspectos menos llamativos. En cualquier caso, el coche representa tal consumo de recursos que, quizá, el hallazgo de esa panacea energética sólo provocaría un problema mayor.

Por otra parte, nuestra sociedad está tan fundamentada en el uso del automóvil que, también a día de hoy, difícilmente podríamos prescindir de su uso masivo, pero no podemos seguir aumentando esa dependencia y ese uso. No puede seguir aumentando el número de vehículos por familia, que en muchos caso es de dos y tres también, no podemos tener como aspiración en la vida poseer un coche cada vez mayor y cambiarlo antes cada vez. Debemos utilizar el automóvil las menos veces posibles, usando y exigiendo el trasporte público, comprando vehículos más pequeños y de menor consumo, conduciendo más despacio y con más cuidado, agotando la vida útil del automóvil al margen de modas o mensajes comerciales o simplemente no teniendo coche cuando no sea necesario.

Todo lo que ganaremos con esos comportamientos -mayor calidad ambiental, menor dependencia del exterior, salud, dinero, menor dependencia de un objeto frío e inhumano- no debería hacernos dudar ni un momento.  

 

 

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